Se habla mucho del cansancio que trae consigo la maternidad, de no poder dormir, de las ojeras. Sin embargo, apenas se mencionan las horas de aburrimiento que llenan la vida de una madre. Me refiero a esa sucesión de días grises y amorfos en los que dar la teta, cambiar pañales, intentar dormir al bebé que llora y comprobar si respira una vez que ha dormido ocupan tu vida hasta asfixiarla, mientras el tiempo discurre por los cauces normales para el resto de la humanidad. Aislada, confinada y entregada las veinticuatro horas del día a un trabajo con una consideración social similar a limpiar váteres (y lo digo con conocimiento de causa, porque hubo un tiempo en que me dediqué a limpiar váteres). Horas que se arrastran, miradas que se pierden. Siempre dada al otro. En una sociedad hipócrita que te dice que no hay nada más deseable, incluso más revolucionario que darse al otro, revuelta silenciosa en el paradigma costo-beneficio.
Sí, claro. Si tan bello, deseable y revolucionario fuera, ya se habrían ocupado los hombres de quedarse con la tarea mandando a las mujeres a trabajar fuera; sobre eso no debería haber dudas.
Pero no quisiera desviarme demasiado. Te puedes quejar del cansancio, pero no del aburrimiento. Esa es una queja frívola, incomprensible; si te aburres, quizás deberías tener otro niño, otros siete niños, como hacían nuestras abuelas, ¿crees que a ellas les quedaba tiempo para aburrirse? Por favor, madura ya, que eres madre.
Fragmento de “Las madres no” de Katixa Agirre.
