La gente empieza a llegar y el bebé es el gran ausente. Me llama la atención pero me dicen que está todo bien. Están haciendo la evaluación y lo van a traer al terminar.
Estoy eufórica. Los partos me dejan en un estado de celebración permanente. No siento el cansancio.
La fiesta se acaba antes de que llegue el protagonista.
Mis cuñados están en el cuarto con nosotros. Entra un médico. Se presenta como el jefe de neonatología y nos pide quedarse a solas con los padres. Esto ya no encuadra en el contexto festivo.
La vida te cambia de un segundo a otro, sin prólogo. De pronto atravesamos uno de esos portales que ahora están de moda en las series y te transportan a otra dimensión. Ahora y siempre. Cuando yo era chica en la tele pasaban “La dimensión desconocida”.
Las “otras dimensiones” son las respuestas que encontraron las expresiones artísticas para dar cuenta de la sensación de incertidumbre ante situaciones de vida sobre las que no sabemos. O no queremos saber porque creemos ajenas a nosotros.
Luca no podía estar pasándome a mí.
Me incorporo en la cama. Me siento más erguida. Aliso las sábanas para emprolijar una situación que empieza a desordenarse. Adopto un gesto más serio. El de quien va a escuchar una noticia que no espera. Me pongo los anteojos para poder desentrañar cada rasgo de la cara del neonatólogo.
Salen mis cuñados y nos quedamos con el profesional que viene a contarnos de nuestro hijo. Un hijo que se llevaron y que vuelve siendo un discurso médico. Yo no sé de quién me habla. El relato sobre Luca llega antes que él. Mi vínculo con él ya no es inaugural. Ya es prejuicioso. Nos presentan al síndrome antes que a Luca.
Argumenta de todas maneras posibles sus excusas por la noticia que tiene que darnos. Nos aclara que se trata de un primer diagnóstico basado en la evaluación clínica.
“Es muy probable que Luca tenga síndrome de Down ”, nos dice. No es probable. Es seguro. Él lo sabe y ahora, nosotros también.
Fragmento del librazo “Los ojos rasgados de la mamá” de Gabriela Valledor .
