La lactancia no fue una experiencia placentera para mí. Llegué al momento de la primera prendida como una tábula rasa, no había leído nada ni hablado con nadie. En una suerte de pensamiento mágico, imaginar el futuro me aterraba: mis plazos se limitaban a las ecografías mensuales que aseguraban que todo venía bien. Pensaba románticamente que lo demás solo sucedería. Con la ayuda de profesionales no habría mayores problemas y amamantar a mi beba sería la hermosa culminación de un proceso que esta vez saldría perfecto.
Vivía con tensión cada intento de que mi hija se prendiera y me desesperaba ante cada toma que se cortaba por su cansancio o su llanto o su simple negativa. Cada toma frustrada, cada gramo que la beba no subía, cada gota de fórmula alternada con mi leche, era un bajón anímico que duraba horas, incluso días. Si no podía sostener la lactancia exclusiva en los primeros seis meses, ¿cómo iba a llegar a los dos años que recomienda la OMS?
“Estás haciendo todo lo posible”, me decían mi pareja, mi mamá, incluso mi analista, con quien tenía sesiones telefónicas en el desborde de ese rally alocado en el que privada de sueño y aún con el dolor de la cesárea, intercalaba teta con mamadera y autoextracciones cada tres horas. Pero yo los desacreditaba: si, como aseguran, “todas las mujeres pueden amamantar”, si era sólo cuestión de perseverancia, yo no estaba dándolo todo.
Más allá de sus beneficios, la teta se transforma en una vara moral con la que muchas nos juzgamos como madres. Se asocia la lactancia con el amor maternal : se deposita en el acto de amamantar la base de un vínculo indisoluble entre una mujer y su bebé.
Al principio me daba vergüenza contar que no amamantaba de forma exclusiva o que al año mi hija ya estaba destetada. Pero ese sentimiento, a su vez, me generaba enojo: ¿A quién le estaba rindiendo cuentas? ¿Qué eran todas esas voces que me acosaban? ¿Por qué no me dejaban disfrutar tranquila de una maternidad a la cual me había resultado tan difícil llegar?
💬 Fragmentos del libro Desmadres de Violeta Gorodischer
