Vida, muerte, salud, enfermedad: en la era del exceso de información las cuestiones de fondo aún siguen siendo misteriosas. Creo que estas preguntas irán a la cajita de los enigmas sin resolver que me acompañarán durante mi vida. Si bien nunca me diagnosticaron una imposibilidad total para quedar embarazada, las probabilidades eran muy bajas y el paso del tiempo las reducía.
Ayuda poco que los nombres de los diagnósticos sean tan negativos: todo es bajo, poco, no responde, disminuye, se pierde, es chiquito, no funciona. Es un aplazamiento permanente. Tal vez no existan palabras suaves, sutiles, que no lastimen tanto el alma. Tal vez es lo que es y ya.
La culpa opera al principio con un revisionismo de la propia historia, aunque no sirva de mucho: repensar las relaciones de pareja en las que se invirtió tiempo, si se fumó tabaco o no, el estrés, los eventos traumáticos o la alimentación. A veces la culpa está acompañada por un látigo invisible y ahí viene el castigo. Un círculo oscuro.
El revisionismo de nuestras elecciones pasadas solo intensifica los pensamientos negativos y “deviene en abstracto”. Como decimos las abogadas: no tiene mucho sentido seguir litigando contra una misma. ¿Acaso qué puedo hacer ahora para modificar mi pasado? De todos modos, culparse es una parte inevitable del proceso. ¿Cómo no hacerse cargo de algo que anda mal en el propio cuerpo, algo que debería ser la “semilla” más importante de la vida, y que no está o no funciona bien? Es casi automático querer pensar en lo que se hizo (o no) para generar esa situación. Libros de autoayuda, new age, constelaciones familiares, biodecodificación celular y muchísimas miradas alternativas abogan por la exclusiva responsabilidad individual en materia de salud psico-física y pretenden que el propio paciente sea capaz de revertir cualquier situación médica desfavorable solo con voluntad y deseo. En nuestra era se mueve un mercado enorme con la desesperación, más aún si se trata de cuestiones de salud.
Fragmento de “¡Hacé vida normal!” de Daiana Liber
