Fantasticland

Ilustración Pinterest | TLPS

Insistí para festejar mi cumpleaños con amigas en un restaurante italiano. Es decir, yo arreglé esta reunión donde ahora, tras un par de Aperol, tengo frío y me quiero ir. La reserva resultó ser en el patio. Me cayó pesada la pasta, ya no me voy a emborrachar porque tengo el estómago lleno, empiezo a sentir la pesadez del sueño, Renata se va a despertar apenas yo apoye la cabeza en la almohada, ya no me interesa participar de la conversación. ¿Por qué me siento así? Estoy enojada conmigo misma por querer volver a casa. Por no ser la que era antes. Por armar planes que luego no puedo sostener.

Las horas sin Renata están marcadas, tic tic tic. Estoy en una secta de un solo miembro: yo. Ella la dirige ahora desde su cuna, donde dormirá hasta que yo regrese, hasta que mi forma humana vuelva a ser recipiente de la suya, aún tan lábil como el agua.

Todas las horas lejos suyo las tengo que hacer valer: trabajar y no permitirme un descanso, organizar una salida y que sea la más divertida en años, que todo lo que implique estar lejos suyo sea productivo, enriquecedor, mueva hacia adelante la rueda de las cosas. Como si criarla no fuese suficiente, y como si todo lo que sea no estar criándola tampoco.

💬 Fragmento de Fantasticland de Ana Wajszczuk


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