Alguien a quien contarle todo

¿Cuántas veces habla una pareja sobre separarse antes de separarse? Habría que hacer una estadística. Pero estimo que un mínimo de veinte veces, si tenés un hijo. Si no tuvieras un hijo seguro ya te habrías separado hace un año, dieciocho conversaciones atrás. O diecinueve. Separarse con hijo es parecido al dibujito ese del electrocardiograma. Después de cada asalto, sobreviene la calma y pensás que tal vez las cosas no van tan mal. Hay una cotidianeidad que pesa pero pasa. Los días se acumulan como piezas de Lego, uno sobre otro. Piezas casi todas del mismo color. Azules. Y una noche algo que está flojo se zafa y volvés a llorar en la oscuridad y a tener conversaciones que ya nadie quiere tener pero que son inevitables. Como el viernes en el sillón de dos cuerpos de pana verde, Leo en una punta, yo en la otra. No nos miramos. Ya no podemos mirarnos cuando hablamos de esto.

Hay noches que todavía nos tocamos los pies para dormir, como empezamos a hacer cuando vivíamos en Agüero y yo estaba embarazada de Rosa. Hacia el final del embarazo la panza se puso muy grande, así que dormía de costado abrazada a un almohadón gigante que me habían regalado para amamantar. Y entonces juntábamos nuestros pies. Después todo se va deshilachando. Hay una fase donde practicás como una coreografía del amor, dura bastante. Gestos repetidos que tenés asimilados. Te sale de forma natural. Pero hay un día en que ya no salen. Algo se desconfiguró. Si estuviera mamá podría hablar con ella, sería mucho más fácil que con Marina o con papá. Le diría toda la verdad, salvo que estamos haciendo terapia, porque mamá tenía la teoría de que las parejas que van a terapia se separan. Eran todas muy divertidas las teorías de mamá. Ella me escucharía sin sentir pena por mí. Y yo le hubiera hecho caso, porque al final mamá siempre tenía razón.

💬 Fragmentos del libro “Alguien a quien contarle todo” de Johana D’Alessio; primera lectura del año.


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