Cuando por fin logro que se prenda a la teta y parece que sí, que alguna gota sale, que se está alimentando, pienso en frases que escuché o leí cientos de veces a ver cómo me quedan puestas: tener una hija es lo mejor que me pasó en la vida, estoy explotando de felicidad, el día del parto fue el día más feliz que recuerdo, mataría por mi hija, moriría por mi hija.
Ninguna puede explicar lo que siento. Porque no sé qué es lo que siento, todavía estoy demasiado aturdida. Casi de repente mi hija pasó de ser parte de mi cuerpo a ser una persona en mis brazos, y yo no hice nada, todo lo que había imaginado del parto se resolvió finalmente en una mera operación y me pregunto si me perdí de algo, si esta inquietud es por eso, si por eso no se prende bien a la teta, si por eso llora, si para el amor nos falta el pegamento del trabajo de parto compartido, madre e hija atravesando juntas el viaje.
Es la felicidad tener a mi hija en brazos, sí, pero también es terror lo que me hace no soltarla y menos aún apoyarla en la cunita de plástico transparente donde la regresan envuelta como un repollo después de algún análisis de rutina.
Es felicidad y terror lo que ella inaugura con su presencia carnal y sólida, su berreo, su mirada. Viene a ocupar su espacio en el mundo. Y ahora, y por muchos años, somos responsables de eso.
💬 Fragmento de Fantasticland de Ana Wajszczuk
