Ser pareja, ser mapadres

El grado de frustración personal crecía de forma exponencial. Al cabo de los años nos fuimos enroscando en lo que sería «nuestra eterna discusión». Estábamos plenos como padres, pero él sentía que tenía un disco pendiente, y yo, mil cosas más, empezando por este libro y terminando por un reparto equitativo de los costes de la casa, que recaían mayoritariamente en mis espaldas, crianza incluida. Ser padres te llena el alma, pero deja poco espacio personal.

A diferencia de lo que piensa mucha gente, no creo que los hijos unan a la pareja, del mismo modo que tampoco creo que arruinen nada que funcionara bien. Los hijos son como las drogas, potencian lo que hay. Si en el preciso momento en el que te tomas la píldora de la familia estáis bien, tienes un viaje alucinante y ves pasar a la Virgen de éxtasis en el submarino amarillo cantando «Sgt. Peppers»; pero si no, igual vives una auténtica pesadilla, de la que solo quieres despertar.

Todo esto resultaría mucho más fácil con tiempo libre, horas de sueño y algo de sexo, pero nunca hay tiempo para hacer las paces con lo que esperábamos el uno del otro. Agotados como estamos de pelear por las migajas de tiempo libre que deja la crianza de dos niños, cansados de decepcionarnos, nos hemos convertido en buenos enemigos. Salimos poco, y juntos, menos. Nos ahogamos en la misma jaula y estamos tan cansados que no nos da ni para discutir. Pero lo peor es que hemos chocado dale que te pego con la misma cantinela, tantas veces que el relieve de nuestra relación se ha quedado liso, como si una apisonadora nos hubiera pasado por encima. Creo que la culpa es mía porque no soporto que el amor de mi vida no se corresponda con el hombre que tengo frente a mí. Quizá sencillamente es un problema de ficción: nunca le he visto como realmente es, sino como me gustaría que fuera.

💬 Fragmentos del libro “Motherland” de Virginia Mosquera.


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