¿Se han dormido ya? Me pregunta.
Contesto que sí con un gesto afirmativo. Él me invita a que me siente a su lado:
Ven, siéntate conmigo, y golpea el sofá con la mano. Y yo ansío hacerlo.
Me voy a la cama, contesto, estoy muy cansada. Creo que me dormiré enseguida.
No sé por qué no voy a su llamada, por qué lo evito desde que nacieron los niños. Él no lo menciona, supone que es cosa del embarazo, de los niños, de mis cambios. Le echo de menos y lo evito: lo deseo y lo evito. A él parece que no le importa, y eso me enfurece.
No soporto la tibieza de la indiferencia. Me acerco hasta el sofá, me inclino y beso sus labios que me responden blandamente. Recorro el pasillo hasta nuestro dormitorio. Hay días en los que preferiría dormir sola. Hoy es uno de ellos. El otro se me impone ajeno y no deseo compartir mi espacio con nadie. Necesito escuchar mi respiración, serenarla, afinarla, reconocerla sin interferencias, para poder pulsarla y recomponer la melodía que se deshilacha.
Fragmento del libro «Las madres secretas» de Mónica Crespo.
