Desdibujarse…

¡Oh! Ya se habrían cocido todos los huevos, y Margery era la única a la que le gustaban duros. A Harriet le gustaban poco hechos, y a Mark, muy poco hechos. En cuanto a ella misma, hacía tiempo que había olvidado cómo le gustaban. Llevar la casa era mucho más sencillo si no se tenían en consideración los gustos de uno de los cinco. Desatender los gustos de una misma ahorraba mucho más trabajo que cualquier aspirador, y era una forma de desatención por la que nadie te pedía cuentas. Tu marido no te exigía que cosieras botones en ella; tus hijos no se hacían daño con ella, ni llegaban tarde al colegio por su culpa; no se acumulaba amenazante delante de ti como los pañales sucios…

¿O sí? Louise dejó el cazo con estrépito en el escurreplatos, y, al hacerlo, le pareció que los años de su futuro traqueteaban amenazadoramente en sus oídos. Si seguías desatendiendo así tus propios gustos, ¿acababas por dejar de tenerlos, por dejar, de hecho, de ser una persona, para convertirte en un simple artilugio que va por la casa ahorrando trabajo? Uno que ahorra cada vez menos trabajo, por supuesto, a medida que pasan los años. («¿Mi madre?… Oh, ¿hablas de esa cosa que solía fregar tan bien los platos? Papá está pensando en hacerse con una nueva…»)

–¿Una nueva qué, mamá?

Louise comprendió, consternada, que debía de haber dicho la última frase en voz alta en el momento en que Harriet entraba en la cocina. Eran las cosas que cabía esperar cuando una estaba medio dormida como ella.

💬 Fragmento del libro «Las horas antes del amanecer» de Celia Fremlin


Deja un comentario