
Una vez leí que la composición química de las lágrimas varía ligeramente en función del motivo que las impulsa y de qué área del cerebro se encuentre implicada. Me pregunto de qué estarán hechas las lágrimas de una madre. Y lo primero que me viene a la mente es de historia. Las lágrimas maternas por excelencia son las de la Virgen, que no llora sólo por la muerte de su hijo, sino por toda la humanidad.
La filósofa Julia Kristeva ilustra cómo en las representaciones de la Virgen lo maternal se expresa mediante el llanto y la leche, y que ambos son metáforas del no lenguaje. A las madres se nos niega el lenguaje, y solo disponemos de esos dos fluidos para gritarle al mundo. A mí, que ya no me queda leche desde hace semanas, todo el líquido que no me brota de los pezones inunda mi lacrimal. Desde que soy madre lloro constantemente, ante cualquier estímulo, a veces incluso sin ninguno. A Tomás le preocupa, y me pide siempre que no llore delante de los niños. Piensa que puedo marcarlos con la pena, y sus dudas me parecen razonables. Por eso intento llorar donde nadie me vea, en algún recoveco de un pequeño piso que esconde pocos. Las lloronas, al fondo del armario.
Pero las lágrimas maternas inundan la Tierra. Así sucede al amanecer, cuando cristalinas gotas de agua se posan sobre las hojas de los geranios de mi terraza. Son las lágrimas de Eos, la diosa de la aurora. Cada día, se alza de su lecho en el este, sube a su carro y se dirige al Olimpo, donde anuncia la llegada de su hermano Helio. Uno de sus cuatro hijos, Memnón, murió a manos de Aquiles en la guerra de Troya. Eos aún lo llora, y es el fruto de su llanto lo que los meteorólogos se empeñan en llamar rocío.
Fragmentos de «La historia de los vertebrados» de Mar García Puig.