En los primeros días, la gente dice: “Llora, llora, es muy bueno”; como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus». Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en shock, extenuada, fuera del mundo. Pero enseguida, justo cuando estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis. No es mi intención criticar a nadie: también he actuado así, antes de saber. También dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate.
El mundo se derrumba y desde las ruinas te obsesionas en darle vueltas al instante anterior al terremoto. ¡Si lo hubiera sabido!, dices. Pero no, no sabías. Culpa: por no haber dicho, por no haber hecho, por haber discutido por tonterías, por no haberle mostrado más cariño. Uno sería infinitamente generoso con los muertos amados: pero claro, siempre es mucho más difícil ser generoso con los vivos.
Qué pena que olvidé que podías morirte, que podía perderte. Si hubiera sido consciente, te habría querido no más, pero mejor. Te habría dicho más veces que te amaba. Habría discutido menos por tonterías.
Es raro esto del duelo, aunque pase el tiempo, el dolor de la pérdida, cuando se pone a doler, te sigue pareciendo igual de intenso. Por supuesto que cada vez estás mejor, mucho mejor: se te dispara el dolor con menos frecuencia y puedes recordar a tu muerto sin sufrir. Pero cuando la pena surge, y no sabes muy bien por qué lo hace, es la misma laceración. Tal vez con el tiempo se amortigüe; o tal vez no. Quizá nos sintamos raros y malos deudos por seguir sintiendo la misma agudeza de dolor después de tanto tiempo. Quizá nos avergüence y pensemos que no hemos sabido “recuperarnos”. Pero la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención. Con suerte, puede que consigas reinventarte mejor que antes. A fin de cuentas, ahora sabes más.
Fragmentos de “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero
