Me siento sola, dijo Júlia tras contarle el episodio a su marido: tengo 24 horas al día para preguntarme si lo hago bien y la sensación de estar fallando en todo. Se me cae la casa encima y ya no puedo contar ni con mi madre ni con nadie. No es verdad, Júlia, dijo él, abrazándola: lo estás haciendo muy bien, y además me tienes a mí. Tú nunca estás; llegas cuando el trabajo ya está hecho. Júlia, empezó él, pero ella lo interrumpió: no sabes ni si ha llorado, ni si ha comido bien, ni cómo se encuentra. No es eso, cariño, sabes que con tu madre merodeando por todas partes el piso se me hace pequeño. No te preocupes por eso, no creo que tenga intención de volver muy a menudo, aunque supongo que da igual, porque para ti no cambiarán mucho las cosas. Fuiste tú, dijo Marcel, quien me propu… Encantado de la vida, eso sí. Llegarás de buen humor y con ganas de bromas cuando yo ya haya hecho todo el trabajo. Fuiste tú, insistió él, quien me animó a ponerme las pilas con el inglés. Sí, pero no te animé a olvidarte de tu hija, ¿verdad? ¿Acaso sabes cuándo tiene hora para el pediatra, cuándo le pusieron la última vacuna, qué número calza? Él pensó que no servía de nada conocer un montón de datos que podían consultarse y le contestó que no, que no lo sabía, pero que eso no le hacía ser peor padre. Ni mejor, Marcel, es muy fácil saltar con red, y sabes perfectamente que a Naïma no le faltará nunca de nada, tanto si te preocupas por ella como si no. Su tono de voz, aunque contenido, sonaba como un grito.
Se levantó para dejar el plato en el fregadero, convencida de que a la mañana siguiente seguiría allí. Necesito que estés conmigo, Marcel, que colabores, que me ayudes. Está bien, dijo él, mientras le pasaba un agua al plato, sin acabar de saber muy bien qué se esperaba que dijera; si es lo que necesitas, lo haré. No es lo que necesito, respondió ella necesitando un gesto, una señal, una declaración de principios, es lo que necesita Naïma, y mientras lo dejaba allí plantado se sintió dentro de un guión cinematográfico y por un instante disfrutó de un momento en que el drama dolía menos.
Él pensó que no hacer nada era la mejor manera de respetar su voluntad, y que su mujer sabía igual que él que alargar la discusión sólo los llevaría a un callejón sin salida. Se quedó recogiendo la cocina, vació el fregadero y llenó el lavavajillas, tiró los periódicos que Júlia ponía en el suelo para absorber las salpicaduras del pollo, metió la botella vacía en el cubo de reciclaje y la bandeja de porexpán en el de residuos no reciclables, porque estaba empapada del jugo de la carne cruda y siempre había visto a Júlia hacerlo así. Después estuvo un rato mirando la tele sin verla, con el volumen al mínimo.
Cuando ella se levantó al día siguiente se encontró en el fregadero, como siempre, restos reblandecidos de la cena, y en el hule migas y cercos, también como siempre. Apretó el botón para conectar la Nespresso, se ciñó la bata y, mientras levantaba la palanca para que cayera la cápsula, pensó que su marido no la entendería nunca.
💬 Fragmento de «El cielo según Google» de Marta Carnicero
