Renuncié. El mismo lunes que aterrizamos por la mañana, llamé a mi jefe y le dije que no volvía.
-Me quiero preparar para cuando llegue Han -le planteé con una convicción que sentía hasta en la espina dorsal.
-Preparar ¿para qué? Vos quedate tranquila que cuando venga Han, te pedís la licencia.
-Ya lo hablamos esto, ¿no te acordás? No existe la licencia por maternidad en los casos de adopcion internacional.
-No importa, la dibujamos siguió él, canchereando-. Te tomás el tiempo que quieras. O si preferís, en cuanto llegue el bebé, nos dejás.
-No. Quiero hacer un detox. Quiero ir a buscarlo sin toda esta maraña mental, sin todo este acelere cargado que tengo.
-Pero ¿ya te dijeron cuándo lo van a buscar? ¿Falta poco?
-No. No nos dicen nada. Pero igual.
-Pero ¿te das cuenta de que podés estar meses sin laburar? No sé si es tan inteligente tu decisión…
-No me importa. Será que soy idiota. Le tocará una mamá tonta pero relajada.
Pasaron tres semanas desde que mandé el telegrama. Me dediqué a hacer fiaca, ir a meditación los martes y los jueves, darme el lujo de buscarla a Fortunata en el colegio, deambular por las calles del barrio chupando frío porque sí.
Puse unos banderines de colores en el cuarto de Han, un canasto con juguetes que Fortunata ya no usa y un cuadrito que compramos en la vereda del aeropuerto de Puerto Príncipe. En un bastidor bastante precario se ven figuras de mujeres haitianas recolectando frutos y llevando vasijas en la cabeza al lado de un río, rodeadas de vegetaciones frondosas. A veces duermo la siesta ahí, en la cama doble que está al lado de la cuna, donde nos imagino haciendo colecho. No me animo a comprar ropa porque no sé cuándo vendrá. En un mes cumple dos años y ya usa talle cuatro.
A Fortunata la estamos preparando como podemos, sin ser muy precisos con el «cuándo». Ella piensa que lo conocimos en este último viaje. Le mostramos fotos de su hermano en el celular. «¡Es marrón, marrón, marrón!», exclamó la primera vez que lo vio. Ahora, antes de ir a dormir, tomamos la costumbre de despedirnos de Han juntas. Pongo el videíto donde él sonríe a cámara y saluda con su bye-bye y nosotras hacemos lo mismo antes de pasar a su cuento.
Fragmento de «Como un ciclón» de Agustina Adamoli.
