Maternidark (Ohlala Octubre)

Nathalie: ¿Cuánto influyen las expectativas sobre nuestra experiencia de la maternidad?

Natalia: Las altas expectativas asociadas a la maternidad, la idealización y sacralización de este período, se constituyen como uno de los principales factores de vulnerabilidad para la salud mental. Desde hace tiempo vemos sus efectos deletéreos en la clínica y, por eso, asumimos con compromiso la tarea de divulgación de contenidos asociados y de des-romantización de esta etapa del ciclo vital históricamente enaltecida, agradeciendo notas como ésta en medios con tanta llegada a la comunidad.

Las expectativas desajustadas nos alienan de la experiencia, nos desconectan de nuestro propio deseo, de los valores personales que nos guían, del momento presente tal y como es. La experiencia real y la socialmente idealizada (que solemos internalizar), por definición, no coinciden; la distancia entre una y otra está tan acentuada en la maternidad que ese choque entre ambas, esa caída libre, suele sumirnos en una sensación de inadecuación casi constante, de culpa omnipresente y de mucha frustración.

Nathalie: ¿Cuáles son los nuevos mandatos que operan sobre las madres hoy?

Natalia: Nos encontramos hoy con lo que la antropóloga Marcela Lagarde llamó “sincretismo de género” aludiendo a que estamos entrampadas entre lo que se esperaba de la mujer tradicional y lo que se valora de la mujer moderna, esto es, entre cuidar y desarrollarnos profesionalmente, malabareando dobles y triples jornadas laborales, corriendo carreras de obstáculos sin políticas públicas ni estructuras sociales que acompañen poniendo los cuidados en el centro. Hemos avanzado hacia el ámbito público, pero aún no hemos encontrado partenaires en el ámbito doméstico con quienes distribuir equitativamente las tareas y responsabilidades… Y así, nos encontramos intentando trabajar como si no tuviéramos hijos y criar con presencia, compartiendo tiempo de calidad, como si no estuviéramos quemadas por la carga mental.

En la era de la sobreinformación y la hiperconexión, te diría que se suma hacer todo tipo de talleres y cursos para tomar siempre las mejores decisiones, ofrecer comida real y casera -no ultraprocesados-, evitar el uso de pantallas a toda costa, postergar la escolarización lo máximo posible, estar especialmente atenta a evitar la herida primal, mantenerse siempre en eje para ser fuente inagotable de paciencia, calma y regulación emocional y, por supuesto, disfrutar cada segundo (mamá feliz, bebé feliz) sin quejarse (¿no era lo que tanto querías?).

Bonus tracks: se mantienen y coexisten con estos neo-mandatos, aquellos otros ligados con los cánones de belleza y el ideal de eterna juventud que no dan tregua ni en ocasión de maternidad (con las presiones de “recuperar la figura”, “disimular las ojeras”, no dejar de “arreglarse”, ¡cómo si estuviéramos rotas!)

Nathalie: Una frase que muchas veces se repite entre las madres es Nadie me contó que iba a ser así”. ¿Cuánto hay de lo intransmisible de la experiencia y cuánto opera el tabú de ser una mala madre y por eso no hablar de lo difícil de la maternidad?

Natalia: Si te quedás con lo que ves en las películas, en las revistas, con lo que socialmente circula, casi seguro sientas que te faltaron medidas anticipatorias (con guiño en relación a lo que trabajamos en el acompañamiento del desarrollo infantil, pero que también nos viene bien a las personas adultas). Creo que efectivamente es de esas experiencias vitales completamente imposibles de dimensionar hasta que no se transitan… Quizás podés llegar a tener alguna idea más clara si la bordeás, si acompañás muy de cerquita otras experiencias. Aun así, cada vivencia es única (incluso en una misma mujer, cuando tiene más de un/a hijo/a): se movilizan tantas cuestiones, intervienen tantos factores, lo significamos de forma tan diferente y afrontamos con recursos tan distintos… que sin dudas hay algo de lo intransmisible e intransferible.

Nathalie: ¿Por qué muchas veces las madres nos sentimos solas?

Natalia: “Nuestra soledad es un bullicio eterno, es no estar en nuestra cabeza sino en el afuera, en el qué dirán, en el deber ser, en el prejuicio y en el juicio”, dice Flor Freijo en Solas (aun acompañadas). En parte creo que efectivamente tiene que ver con esto que hablábamos antes, con el papel que creemos que tenemos que desempeñar (¿la buena madre? ¿la mujer maravilla? ¿la que todo lo puede?) y las dificultades para compartir nuestras vivencias más profundas, nuestro mundo interior, con sus luces y sombras. También creo que tiene que ver con la distribución desigual de las tareas, con la carga mental aplastante y la sobrecarga de tareas que vienen de la mano de la feminización de los cuidados. Muchas veces nos sentimos solas porque efectivamente lo estamos, por más rodeadas de personas que nos encontremos; personas que quizás no acompañan empáticamente, no sostienen a quien sostiene, ni tampoco se constituyen como un relevo, más que (quizás) en situaciones extra-ordinarias.

Nathalie: ⁠¿Qué podemos hacer cuando sentimos que queremos huir de nuestros hijos/ hijas? Por ejemplo, un berrinche en público, un bebé que no duerme o el caos doméstico

Natalia: Primeramente, no juzgarnos. Normalizar la experiencia en términos de saber que es universal, es humanidad compartida: casi todas las personas (por no decir todas) que encarnamos el rol de cuidados queremos salir corriendo en algún momento, desearíamos poder poner pausa en alguna escena. Esta toma de conciencia nos ayuda a disminuir las autoexigencias y la severidad del diálogo interno, mientras que cultivamos la autocompasión y la validación emocional.

Acto seguido, si se puede, pedir ayuda (algo fácil de decir y, muchas veces, difícil de hacer), para efectivamente encontrar la manera de salir de escena un poquito. Si no hay relevo, ver la posibilidad de procurarse esa pausa con los recursos que estén a mano, salir al balcón o a dar unas vueltas manzana para oxigenarse, lavarse el rostro y llevar la atención a la propia respiración. Y nunca olvidar que, así te encuentres levantando la voz o teniendo menos paciencia de la que desearías: un mal día no te convierte en una bruja ni en una mala madre.

Nathalie: ¿Qué se entiende por matrescencia?

Natalia: Hacemos uso de este concepto para referirnos al proceso bio-psico-social de transición a la maternidad, en el que hay grandes transformaciones, no sólo fisiológicas y anatómicas sino también a nivel subjetivo e interpersonal. Se produce una reconfiguración identitaria y una reorganización vincular que conmueven todas las estructuras. Es una hermosura porque invita a ir mucho más allá de los cambios visibles y de las definiciones biomédicas, nos invita a considerar otros fenómenos más allá de las náuseas matutinas en la gestación, el crecimiento de la panza durante el embarazo, los sangrados postparto y la lactancia, nos lleva a pensar en esta etapa desde una mirada integral y situada, con algunas características en común con otras crisis vitales (como, por ejemplo, la adolescencia) y otras absolutamente particulares/propias.

Nathalie: ¿Cómo se puede cuidar la salud mental en la maternidad? ¿Qué acciones podemos llevar a cabo para estar reguladas nosotras?

Natalia: Para empezar, estar atentas a los hábitos de salud en general: intentar no descuidar la nutrición, el descanso, los espacios de actividad física o recreativa que nos ayudan a evitar el encierro y el aislamiento, y que favorecen el contacto con la naturaleza, el tiempo al aire libre, necesarios para desembotarnos y oxigenarnos. A veces no nos damos cuenta de que ni siquiera satisfacemos nuestras necesidades fisiológicas, básicas para mantener la homeostasis. Esto que tan claro notamos en las infancias, también lo podemos notar en nosotras mismas: el humor no es el mismo cuando estamos cansadas, cuando no damos más; no tenemos la misma disponibilidad ni paciencia cuando entramos en modo ahorro de energía. Sin embargo, es frecuente perder registro de ello, acostumbradas a cuidar del resto, olvidamos cuidar de nosotras mismas o incluso nos sentimos egoístas por hacerlo. Solemos ser el último orejón del tarro. Ahora bien, quedarnos todo el día entre cuatro paredes suele llevarnos al límite en menos tiempo: es más fácil que nos perdamos en el multitasking, que caigamos en el scrolling y en la sobresaturación de información (aquí otra recomendación: atención a los contenidos que consumimos).


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