Duelo paterno

El ginecólogo había dispuesto que el raspaje tuviera lugar en una maternidad, lo que multiplicaba la amargura infinitamente. En el auto Carla no escuchaba las inútiles frases de consuelo que le decía Gonzalo. Iba concentrada en la imaginación de algo así como un dios antiguo, vengativo, o más bien rencoroso.

– Quiero estar sola –le dijo, al entrar a la habitación, en el tono más dulce que pudo–. Ándate a fumar. Yo pido que te llamen cuando todo haya pasado, mi amor.

Eso hizo Gonzalo mientras preparan la operación: fumar rabiosamente y aguantar las lágrimas, lo que no era fácil, porque fumar y llorar son actividades complementarias. En algún momento recordó la costumbre masculina de los habanos para celebrar los nacimientos y se vio a sí mismo como una parodia de padre, con su espantoso Belmont light en los labios. Se distrajo fugazmente decidiendo que en adelante fumaría Lucky Strike o Marlboro.

Volvió a la recepción de la clínica y se fijó en las reproducciones de pinturas antiguas, todas alusivas a nacimientos, que atestaban las paredes. Había cinco cuadros de Mary Cassatt. Gonzalo miró intensamente la imagen de una mujer con un moño en el pelo que abrazaba a una guagua rubia. Ambas figuras aparecían de perfil, una frente a la otra, como escondiéndose del espectador; como si el espectador quedara fuera de la dicha, condenado a imaginarla.

Salió de nuevo a fumar y ahora sí lloró en la vereda. Había llorado muy poco hasta entonces –sentía la impropiedad, la ilegitimidad de su dolor, pensaba que el llanto le correspondía exclusivamente a Carla, como si hubiera una cuota de llanto, una cantidad preasignada de sufrimiento. Ambos habían perdido el hijo, pero sobre todo ella. Era él quien la consolaría, esa era su misión, su función, su trabajo. Porque el vientre raspado era el de ella.

💬 Fragmento de “Poeta chileno” de Alejandro Zambra.


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