La profesionalización de la crianza es un síntoma inequívoco del efecto que provoca esta continua hiperexigencia. Los estándares actuales de crianza convierten a los niños en un trabajo -aunque este no se reconoce como tal porque en nuestra sociedad el trabajo «de verdad» es aquel por el que se recibe un salario- y a sus progenitores en auténticos profesionales en el arte de criar niños felices.
En los últimos diez años han proliferado libros, eventos y formaciones que el capitalismo nos ofrece para alcanzar la excelencia en este trabajo sobrevenido. El sueño, la alimentación, las rabietas, las emociones, la tecnología, la autonomía, el control de esfinteres. El aprendizaje es tan extenso que marea. Los libros de crianza se han convertido en los nuevos libros de autoayuda. Manuales imprescindibles en los que buscamos la fórmula perfecta para criar y educar a los hijos; y la buscamos con ahinco a tenor de los títulos que se publican mes a mes. Además, la inexperiencia y la falta de contacto con niños convierten la infancia en un territorio desconocido. Tenemos poco contacto con niños porque apenas hay niños en las calles, en nuestras familias extensas, entre nuestros amigos, en nuestros pensamientos. Miedo a no saber hacerlo bien. A las consecuencias negativas que les podemos infligir si fallamos. Miedo a no alcanzar lo que (nos dicen que) es ‘mejor’ para nuestros hijos. Miedo a su fragilidad.
«La vida con hijos implica una sola certeza: se acabaron los días sin miedo», escribía Nuria Labari. En la maternidad el miedo es un caramelo porque el miedo sirve para controlarnos. Me pregunto si podemos evitar este saqueo de la maternidad que nos pertenece.
Fragmento de «Maternidades precarias» de Diana Oliver
