Mi madre golpeaba las puertas, tropezaba en las sillas y las apilaba sobre las mesas para barrer. Todo lo que hacía, lo hacía con ruido. No depositaba los objetos, sino que parecía arrojarlos. En seguida se veía en su cara si estaba contrariada. En familia, decía lo que pensaba con palabras abruptas. Me llamaba camello, puerca, maldita perra o simplemente «fastidiosa». Me pegaba fácilmente, bofetadas sobre todo, y a veces puñetazos en los hombros («¡la habría matado si no me hubiesen sujetado!»). Cinco minutos después, me estrechaba contra ella y yo era su «muñeca».
Me regalaba juguetes y libros a la menor ocasión: fiesta, enfermedad, paseo por la ciudad. Me llevaba a casa del dentista, al especialista de los bronquios, y se cuidaba de comprarme buen calzado, vestidos calientes y todos los objetos escolares reclamados por la maestra (me había llevado a un pensionado, no a la escuela municipal). Cuando yo advertía, por ejemplo, que una compañera tenía una pizarra irrompible, me preguntaba en seguida si yo quería tener una: «No quisiera que dijesen que tienes menos que las demás.» Su más profundo deseo era darme todo lo que ella no había tenido. Pero esto representaba para ella tal esfuerzo de trabajo, tantos problemas de dinero y una preocupación por la felicidad de los hijos tan nueva con respecto a la educación de antaño, que no podía evitar alguna queja: «Nos cuestas mucho dinero» o «¡con todo lo que tienes y todavía no eres feliz!».
Trato de no considerar la violencia, los desbordamientos de ternura, los reproches de mi madre sólo como rasgos personales de carácter, sino de situarlos también en su historia y en su condición social. Esta manera de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de una significación más general. Pero siento que algo en mí se resiste: querría conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas, calor o lágrimas, sin darles un sentido.
Fragmento de «Una mujer» de Annie Ernaux
