Monotonía y embotamiento mental

Cada mañana era lo mismo. Cada día era lo mismo. Después del desayuno tocaba jugar con los trenes, leer un cuento sobre trenes, volver a leer el mismo cuento una vez, y otra, esta vez es la última; bueno, vale, otra más, y luego andar calle abajo y cruzar la concurrida carretera y atravesar corriendo el aparcamiento de la iglesia en dirección a las vías del tren que había sobre una pequeña loma. Inspeccionar las vías del tren. Tamizar piedrecillas. No tires piedras, tesoro. Las piedras no se tiran. Hacer equilibrios sobre las vías del tren. Frustrarse. Gritar y tirar piedras. Calmarse y hablarse de los distintos tipos de vagones que hay. ¿Pasará uno dentro de poco? La madre no lo sabía. Tendrían que ser pacientes y esperar.

¿Que si esto era un aburrimiento? Sí, era consciente de ello, y quería que alguien, quien fuera, comprendiera la monotonía, el embotamiento mental causado por esa rutina, cómo la actividad mental menguaba y menguaba desde el mismo momento en que se despertaba cada mañana, que empezaba con grandes expectativas, ideas para proyectos artísticos y energía, el pensamiento de disfrutar de un día soleado y un nene contento y cumplir metas, pero, ay, entonces llegaba la lenta pero implacable pulverización de cualquier esperanza para volver a la cuestión de qué comer o qué limpiar, la mortificante agonía del Horario -la hora del desayuno y la hora del paseo y la hora de la comida y la hora de la siesta y la hora de hacer caca y la hora de la cena-, de hacer esto y lo otro y lo de más allá, hasta que la cabeza se le acababa vaciando de cualquier pensamiento y en su lugar solo quedaba la sensación física del agotamiento y el pelo grasiento.

💬 Fragmento de Canina de Rachel Yoder


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