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Natalia Liguori

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Etiqueta: Hiperexigencia

La profesionalización de la crianza

enero 13, 2026

La profesionalización de la crianza es un síntoma inequívoco del efecto que provoca esta continua hiperexigencia. Los estándares actuales de crianza convierten a los niños en un trabajo -aunque este no se reconoce como tal porque en nuestra sociedad el trabajo «de verdad» es aquel por el que se recibe un salario- y a sus … More La profesionalización de la crianza

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La profesionalización de la crianza es un síntoma inequívoco del efecto que provoca esta continua hiperexigencia. Los estándares actuales de crianza convierten a los niños en un trabajo -aunque este no se reconoce como tal porque en nuestra sociedad el trabajo "de verdad" es aquel por el que se recibe un salario- y a sus progenitores en auténticos profesionales en el arte de criar niños felices. No lucho para que todos los partos sean 'normales' y fisiológicos. Lucho para que todos los partos acaben siendo respetados y una experiencia empoderadora para la mujer. Porque hay partos que necesitan intervenciones médicas, hay partos que necesitan cirugía abdominal, y bienvenida toda intervención cuándo esté indicada y justificada. Lo importante aquí es la experiencia, haberse sentido en todo momento la protagonista, haberse sentido en control y escuchada. No es tan difícil, se trata de derechos humanos básicos. De respeto, de información, de empatía, de intimidad y de autonomía. Hablamos de tratar a las mujeres como adultas y responsables de su propia salud, de abandonar el paternalismo y de luchar para que todas las experiencias puedan ser positivas y gratificantes. Hablamos de que todas las huellas que dejemos puedan ser algo maravilloso en qué recordar. Hablamos de dar el respeto y honrar cada nacimiento como es merecido, independientemente de como transcurra el final. La ma/paternidad es una especie de convalecencia que nos permite aprenderlo todo de nuevo. Lo que dice Martín Cirio no "parece insensible", LO ES; no suena a monstruosidad, LO ES: es de una ignorancia monstruosa y de una falta de empatía tremenda. lo que odio Una mañana, cuando mi hija tiene seis semanas, estoy sola en casa intentando que se duerma. Estoy agotada. La noche ha sido un espectáculo de fuegos artificiales, aventuras surrealistas y hazañas de resistencia olímpicas, y el amanecer ha llegado como una resaca. Hemos pasado las dos muchas horas despiertas. Puede que esta sea la vigésima vez en diez horas que le doy el pecho y la acuesto en la cuna. No pido mucho tiempo: necesito solo unos minutos para volver a pegarme trozos de la cara, hablar en voz alta delante del espejo y ver si de verdad me he vuelto loca. Ahora mismo no es que quiera que mi hija se duerma. Es que si no se duerme no sé qué podría pasar. Mi posición es a un tiempo razonable y extremadamente desesperada: no admite negociación. La pongo en la cuna sin contemplaciones. Voy al cuarto de baño y cierro la puerta. Hay un largo silencio que es a la vez una bendición y una amenaza. Está cargado de autoridad, mía, pero también de la posibilidad de que sus necesidades no se plieguen a las mías, de que siga existiendo más allá del límite de mi paciencia, mi amor y mi capacidad de poseerla. Entonces la oigo llorar en la habitación de al lado. Grito. No sé muy bien qué grito, algo así como que no es justo, que es lo más razonable del mundo pedir CINCO MINUTOS para mí. ¡Duérmete! Grito, al lado de la cuna ahora. No grito porque crea que puede obedecerme, sino porque soy consciente de las ganas de tirarla por la ventana. Me mira con un terror profundo. Es la primera mirada emocional que me ha dirigido hasta ahora. Sinceramente, no es lo que esperaba. Por fin se queda dormida, en silencio, sumisa, rechazando mi ayuda. Me llena de vergüenza ver cómo se aleja de mí; el sueño, tan deseado, me resulta insoportable. Quiero despertarla y darle amor.
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