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Natalia Liguori

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Etiqueta: Maternal

Inicio del ciclo lectivo: RECORDATORIO :)

febrero 18, 2025

De cara al inicio del ciclo escolarde cara al crecimiento y al desarrollo humanode cara a los vínculos y a la vida Suelto tu mano con el mismo amor con que la tomocon la confianza de saberte/nos capacescon la conciencia del privilegio que supone acompañarte en esta nueva aventuracon vértigo, con orgullo y también con … More Inicio del ciclo lectivo: RECORDATORIO 🙂

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Lo que dice Martín Cirio no "parece insensible", LO ES; no suena a monstruosidad, LO ES: es de una ignorancia monstruosa y de una falta de empatía tremenda. lo que odio Una mañana, cuando mi hija tiene seis semanas, estoy sola en casa intentando que se duerma. Estoy agotada. La noche ha sido un espectáculo de fuegos artificiales, aventuras surrealistas y hazañas de resistencia olímpicas, y el amanecer ha llegado como una resaca. Hemos pasado las dos muchas horas despiertas. Puede que esta sea la vigésima vez en diez horas que le doy el pecho y la acuesto en la cuna. No pido mucho tiempo: necesito solo unos minutos para volver a pegarme trozos de la cara, hablar en voz alta delante del espejo y ver si de verdad me he vuelto loca. Ahora mismo no es que quiera que mi hija se duerma. Es que si no se duerme no sé qué podría pasar. Mi posición es a un tiempo razonable y extremadamente desesperada: no admite negociación. La pongo en la cuna sin contemplaciones. Voy al cuarto de baño y cierro la puerta. Hay un largo silencio que es a la vez una bendición y una amenaza. Está cargado de autoridad, mía, pero también de la posibilidad de que sus necesidades no se plieguen a las mías, de que siga existiendo más allá del límite de mi paciencia, mi amor y mi capacidad de poseerla. Entonces la oigo llorar en la habitación de al lado. Grito. No sé muy bien qué grito, algo así como que no es justo, que es lo más razonable del mundo pedir CINCO MINUTOS para mí. ¡Duérmete! Grito, al lado de la cuna ahora. No grito porque crea que puede obedecerme, sino porque soy consciente de las ganas de tirarla por la ventana. Me mira con un terror profundo. Es la primera mirada emocional que me ha dirigido hasta ahora. Sinceramente, no es lo que esperaba. Por fin se queda dormida, en silencio, sumisa, rechazando mi ayuda. Me llena de vergüenza ver cómo se aleja de mí; el sueño, tan deseado, me resulta insoportable. Quiero despertarla y darle amor. Las madres son los países de los que todos venimos: a veces, cuando tengo a mi hija en brazos, intento preservar esta identidad para ella, sentirme sólida y estable, capturar mi olor, mi forma y mi ambiente. Intento encarnar su paisaje natal. Intento imaginar cómo sería tenerme a mí de madre, y me parece increíble que esa operación, misteriosa y trascendental, se haya realizado aquí, en mi casa. La operación a la que me refiero no es la que ha generado la existencia de mi hija: es el proceso que ha hecho de mí una madre, y aunque sé que ser madre es el trabajo más difícil que he desempeñado nunca, me preocupa que mi ejecución sea defectuosa y falsa, una ofrenda chamuscada o un lienzo chapucero. El miedo ya nunca se acaba, me dijo Tania. Ese miedo que empieza con los primeros meses del embarazo, con el miedo al aborto, al parto, a las enfermedades del bebé, se transforma, pero se siente el resto de la vida. Acabo de ver un documental que explica que esa no es sólo una reacción psicológica, sino también biológica: una parte del cerebro de la madre -del padre o cualquier otro cuidador primario- directamente relacionada con el miedo se enciende mediante el vínculo de crianza y permanece encendida por el resto de su vida. Prácticamente todo el mundo tiene algo que opinar al respecto de mi maternidad y de mis decisiones alrededor de ella, todo el mundo tiene un consejo, una recomendación o una angustia nueva e inimaginada que transmitirme. El embarazo sigue teniendo el poder de convocar a su alrededor todo tipo de conocimientos médicos, supersticiones, remedios caseros, tradiciones familiares, mitos y temores no solicitados.
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