El disciplinamiento de las madres

Aguanta. Que no te escuchen, que no se te note que has llorado, quédate, perdona, comprende, no destruyas la familia, no lo hagas. Por los hijos.

El ‘por los hijos’ ha sido siempre una forma social de disciplinamiento de las madres a través de la culpa. Para hacer sentir culpable a una madre basta con intentar hacer creer al mundo que sus hijos no son lo primero para ellas. Basta con construir (sembrar la duda) un relato en el que una madre tenga deseos más allá de sus hijos. Lo primero, mis hijos, se repetirán como un mantra para quedar exoneradas de esa culpa. Para prender la llama del imaginario de la mala madre basta con insinuar que una madre sigue teniendo una mujer dentro.

¿Qué van a pensar sus hijos de ella? Esa es la gran amenaza en forma de pregunta a las madres, para que la mujer nunca aparezca. Si la mujer nunca aparece, si solo hay madre, los hijos nos beneficiamos de manera tiránica de la abnegación y del amor incondicional: nos aprovechamos de esa culpa. Incluso les exigimos que no cambien, que no sean, para que cumplan nuestra expectativas y colmen nuestras necesidades despóticas: hazlo por mí. Sin embargo, los hijos que ven las mujeres que son sus madre (porque sus madres se las muestran) son hijos sabios que aprenden que la vida (el tiempo entre yo y el otro), es una plaza compleja, contradictoria, llena de ruido y de besos en la frente, aprenden que el mundo (el espacio entre yo y el otro) es mundo porque hay fricción, que a veces lo haces mejor y a veces peor, que te equivocas, o no. Los hijos aprenden que su madre es un ser humano y como todo ser humano tiene su lugar oscuro para ella y que no es solo esa persona que está para ellos.

Hay hijos que se sienten muy orgullosos de tener esas madres, que les enseñan lo que es la libertad siendo libres, que observan el orgullo de haberlos sacado adelante sin perderse ellas por el camino.

💬 Texto Roy Galan / Fotografía «La hija oscura»


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