Las madres son los países de los que todos venimos: a veces, cuando tengo a mi hija en brazos, intento preservar esta identidad para ella, sentirme sólida y estable, capturar mi olor, mi forma y mi ambiente. Intento encarnar su paisaje natal. Intento imaginar cómo sería tenerme a mí de madre, y me parece increíble que esa operación, misteriosa y trascendental, se haya realizado aquí, en mi casa. La operación a la que me refiero no es la que ha generado la existencia de mi hija: es el proceso que ha hecho de mí una madre, y aunque sé que ser madre es el trabajo más difícil que he desempeñado nunca, me preocupa que mi ejecución sea defectuosa y falsa, una ofrenda chamuscada o un lienzo chapucero.
Fragmento del libro «Un trabajo para toda la vida» de Raquel Cusk
