Sola, lejos

Amor verdadero. Dos palabras equívocas: amor y verdad. Desde entonces Laura se pregunta qué es el amor, por qué una misma palabra significa cosas tan diferentes para quien la enuncia. Por qué el amor -de pareja, filial, paternal- puede ser una condena, como pretendía su padre, o un reparo, como lo que Laura tiene hoy junto a Javier. O un mar inmenso e inconmensurable donde nadar, como lo que siente por Guille y Dante. O ese mismo mar, pero donde por momentos le parece ahogarse porque no logra hacer pie. Será por lo que, a pesar del reparo y del amor inconmensurable, a veces sueña con estar sola, con irse lejos, donde nadie la conozca, donde nadie dependa de ella, despertarse a la hora que quiera, acostarse a la hora que quiera. Ella y nadie más que ella. Un deseo que no le confiesa a nadie, porque lo calificarían de falta de amor y no se trata de eso, Laura los ama a los tres. Pero también le aparece ese deseo cada tanto. ¿Por qué, si ella es feliz con esa familia que formó, por momentos sueña con irse para estar sola? ¿Le pasará a alguna de sus amigas, a alguna de sus compañeras de trabajo? ¿A todas y no se atreven a confesarlo?

A veces la felicidad la asfixia, apenas un poco; incluso, aleatoriamente, la abruma. Su deseo de huir, de estar sola, se limita sólo a eso, un deseo que va y viene sin voluntad de ser atendido. Le gusta su familia, los ama, elige la vida que tienen. Pero no sería sincera consigo misma si no reconociera, como la hace, que cada tanto se sueña en un pueblo de pescadores, mirando por la ventana de un cuarto minúsculo -no necesita más que eso, como cuando era una niña-, durante horas, observando cómo las ondas de un mar calmo mecen el bote amarrado a un muelle, con un libro en la mano que leerá no bien el placer de esa contemplación la suelte.

💬 Fragmentos del libro «El tiempo de las moscas» de Claudia Piñeiro


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