-¿Y no le da miedo, doctor? -tanteó.
-¿Morirme? No. Lo que me da es pena. O me daba. Ahora, ni eso.
Eufrasia no abrió la boca, pero sus pupilas eran dos signos de interrogación. Jack notó aquella intensidad y le allanó el camino porque, aparte de caerle bien esta chica, hoy estaba con ánimo para conversar.
-Yo soy ateo, y no creo que haya nada más allá. Bueno, sí: descanso para este cuerpo. Cuando uno ya está cansado después de una larga carrera, lo único que quiere es que se acabe.
Eufrasia asintió mientras le quitaba las hojas al apio. Eso lo podía entender. Había días en su vida en que solo quería llegar a su cama y ponerse a dormir, pero jamás deseó no despertar al día siguiente.
-La gente le tiene miedo a lo que no conoce -continuó el doctor-. Y me imagino que mientras más culposa es la persona, más miedo le debe tener a un supuesto castigo que habrá al final. Eso lo puedo entender -Jack sorbió otro trago-. Yo mismo fui educado en un colegio donde siempre te sermoneaban sobre el castigo a los pecados. Así nos tienen, al miedo. Deberíamos hablar de la muerte con la misma naturalidad con que hablamos del nacimiento. ¿Te has dado cuenta de cómo nos inventamos maneras de no nombrarla? «Fulano ya no está con nosotros». «Pasó a otro plano». «Trascendió». «Ahora duerme el sueño de los justos». ¡Murió, carajo! Así como dijimos que Fulano se orinó, que cagó, que vomitó, que transpiró.
Eufrasia colocó en la ollita la base del caldo.
-Morirse es tan natural como nacer -insistió Jack-, pero nos hacen olvidar que es así.
-Usted dijo que le da pena, doctor. ¿Qué le da pena?
Jack meditó un instante.
-Lo único que me da pena es saber que no veré más a mi hija y a mi nieto. Cuando uno se muere, uno se acaba para el mundo, pero el mundo también se acaba para uno.
Eufrasia se mostró pensativa.
-Pero mi hija y mi nieto seguirán viviendo sin mí. Y cuando yo esté muerto, no tendré un cerebro que los extrañe…
Fragmento de «Cien cuyes» de Gustavo Rodríguez
