Hay tanto valor social convenientemente asociado a la bondad femenina, tanta culpa si no somos buenas, que salir de esa amabilidad obligatoria nos convierte en malas, y serlo nos resulta un lugar inhabitable.
Cada vez que en el taller de autoestima hacemos el ejercicio de enlistar, por un lado, las cosas que nuestro entorno (familia, amistades, vínculos) valora positivamente en nosotras y, por otro, las que valoramos nosotras, aparece esta tensión: lo que el entorno celebra, en general, tiene que ver con ser buenas, estar disponibles, ser comprensivas y serviciales, cumplir con el rol de género, mientras que lo que nosotras destacamos suele ser justamente lo que se sale de ese rol; por ejemplo, haber tomado decisiones que nos salvaron, haber decidido en contra de lo que se esperaba de nosotras, haber puesto límites, tomar decisiones que nos priorizan e incluso nuestro desempeño laboral. Lo que nosotras valoramos a menudo nos torna sospechosas, nos convierte en egoístas, problemáticas y malas.
Como vimos, nuestra estima está dada por la valoración que recibimos del contexto. El problema fundamental es que ese contexto, en general, nos valora positivamente cuando cumplimos con el manual de la feminidad, cuando nos mostramos abnegadas y amables, anteponemos los intereses de los otros a los nuestros, y nos callamos ante la violencia y los abusos.
¿A dónde vamos con esto? A que ser «malas», en el caso de las mujeres, es simplemente intentar funcionar como personas autónomas, es respetarnos y rebelarnos ante las diferentes formas que adopta el sexismo en nuestras vidas cotidianas. Cuando logramos desentrañar que ese miedo a ser las «malas» es en realidad el miedo a ser buenas con nosotras, a ponernos en el centro, a recuperar lo propio, a darnos valor, a volver a tener autoridad sobre nosotras mismas, recorremos el camino que va de la vergüenza al orgullo.
Fragmento del libro «La estafa de la feminidad» de Lala Pasquinelli
