Comunicación y vínculos, algunas reflexiones

545902_324121894351324_627479481_n¿Cuántas veces sostenemos conversaciones aún sin sentirnos en condiciones de hacerlo? ¿Cuántas veces lo que intencionábamos como un diálogo con el otro se convierte en una discusión inconducente? ¿Cuántas veces dejamos de escuchar para entender y lo hacemos para responder? ¿Cuántas veces pasamos en 3, 2, 1, de la cooperación a la competencia? Olvidando que no se trata de quién sabe más ni de quién tiene la razón.

La comunicación es un gran desafío, tanto con nuestras parejas como con nuestros hijos e hijas, amistades y familia. Para que la misma sea efectiva, para que tenga un sentido, es preciso que sea consciente y respetuosa, es importante no olvidar que el otro es justamente un otro, y comprender que no necesariamente se trata de ponernos de acuerdo sino de poder intercambiar al respecto para entendernos, para acercarnos, para construir.

Necesitamos autoobservarnos para hacerlo: identificar qué sentimos, qué queremos, qué pensamos… y qué queremos transmitir. La claridad del mensaje y la forma en que lo comuniquemos son clave: es sabido que muchas veces el cómo termina inhabilitando el qué. Si estamos tomados por una emoción, es probable que nuble nuestra razón, que digamos cosas que pueden dañar al otro y que podamos arrepentirnos. Pensemos en la metáfora de la laguna: si tiramos una piedra al agua cristalina, el polvillo sube y el agua se enturbia, para poder ver con claridad nuevamente, es preciso que ese polvo decante. A veces es importante tomar un poco de distancia, “respirar y alinear” para encontrar calma.

Dicho esto, la comunicación debe ser oportuna, no se trata de decir cualquier cosa en cualquier momento, sino de ver no sólo si uno está “en condiciones”, sino también si el otro está disponible y receptivo, si hay terreno fértil para un intercambio sincero y constructivo.

Evitar los ataques y las ofensas, que a veces parecieran querer brotar solos (sobre todo si nos sentimos dolidos), ser conscientes de que no sólo no suman sino que restan. El respeto y la empatía son las bases de una comunicación sana. Además, si el interlocutor se siente atacado, es esperable que deje de escuchar y que se ponga a la defensiva.

Observar sin juzgar ni evaluar. Hablemos sobre cómo una situación nos hizo sentir, pero no “etiquetemos” a la persona por ello. No es lo mismo decir “sos un egoísta” que “sentí que no me tenías en cuenta cuando…”. No es lo mismo decir “usted es un maleducado porque se coló en la fila” que “disculpe, era mi turno”.

¿Qué me pasa a mí en esta situación? ¿Por qué me afecta tanto? Aunque sea más fácil patear la pelota al otro lado de la cancha, también es importante revisar qué tiene que ver con uno… “Nadie puede construir un puente sobre un río que no ve”.

Y por último, pero no por eso menos importante, miremos a los ojos, estemos atentos al tono y al volumen de nuestra voz y al lenguaje corporal. De esta manera no sólo abonamos relaciones saludables sino que también nos hacemos responsables de lo que sentimos y pensamos. Tengamos presente que no se trata sólo de agacharnos y hablar con respeto a nuestros hijos sino también de mostrarles coherencia y congruencia siendo respetuosos también con los demás. Recordemos que no es sólo lo que decimos sino también lo que mostramos. Modelemos buenos tratos.

(*) Natalia S. Liguori
Lic. en Psicología (MN 47.600 – MP 96.341)
natiliguori@yahoo.com
https://licenciadanatalialiguori.wordpress.com


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