Madres Arrepentidas

Comparto algunos fragmentos del libro «MADRES ARREPENTIDAS» de Orna Donath, socióloga israelí. Realmente recomiendo su lectura, no tiene ningún desperdicio, nos invita a reflexionar sobre todos aquellos temas que incomodan y, por tanto, se acallan e invisibilizan.

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Mientras que una experiencia de arrepentimiento puede implicar sentimientos contradictorios con respecto a la maternidad, la ambivalencia hacia la maternidad no supone necesariamente sentir pesar por ella. Hay madres que tienen sentimientos ambivalentes pero que no se arrepienten de ser madres, y hay madres que se arrepienten de serlo y no tienen sentimientos encontrados hacia la maternidad.

Las mujeres que no desean concebir ni tener y/o criar hijos, tienden a provocar lástima y recelo, y son vistas como egoístas, hedonistas, infantiles, deshonrosas, trastornadas, peligrosas y de cordura dudosa. Acompañan profecías agoreras según las cuales las mujeres que renuncian por voluntad propia a la maternidad se condenan a una vida vacía y atormentada, cargada de arrepentimiento y pesar, solitaria y aburrida por la falta de sentido y sustancia.

Aunque la “libre elección” se presenta envuelta en principios de libertad, autonomía, democracia y responsabilidad personal, ese concepto resulta ilusorio porque pasa por alto “ingenuamente” la desigualdad, las coacciones, las ideologías, el control social y las relaciones de poder. Se nos dice que debemos interpretar nuestra historia personal como producto de una elección individual, como si fuéramos las propietarias exclusivas de los derechos de autor sobre el guión de nuestra vida, y sobre cualquier desgracia y tragedia. Así pues, se nos dice eso, pero al mismo tiempo se camuflan normas estrictas, conjuntos de conocimientos morales, discriminaciones y poderosas fuerzas sociales que nos afectan profundamente tanto a las mujeres como a las decisiones que tomamos. El hecho de cuestionar la validez de la “retórica de la posibilidad de elección absoluta” es de suma importancia en cuanto a la reproducción y la transición a la maternidad: ¿de veras tenemos las mujeres margen de maniobra en las condiciones sociales actuales si nuestra libertad de elección está sujeta en gran parte a prescripciones que nos son dadas? ¿Quiere eso decir que somos libres de elegir lo que la sociedad quiere que elijamos? Parece que mientras tomemos una decisión acorde con la voluntad de la sociedad y las prioridades y roles que nos asigna –como ser madres y consumidoras fervientes, sexualmente liberadas y cuidadosas en una relación sentimental heterosexual-, las mujeres ganamos estatus social como individuos libres, independientes y autónomos que tienen deseos y la capacidad de hacerlos realidad sin ataduras. Sin embargo, cuando nuestras elecciones chocan con las expectativas de la sociedad –cuando nos negamos, por ejemplo, a someternos a los cuidados de belleza o a mantener una pareja sentimental en general y una relación con un hombre en particular-, nos encontramos con un problema. No solo se nos condena por nuestras acciones, sino que además se nos deja solas frente a las implicancias, pues “tú lo has elegido” o “ha sido una mala elección”, cabría añadir.

No es necesariamente la maternidad lo que se percibe como natural, sino que lo es el “avanzar con el curso de la vida”. La idea de la trayectoria vital “normal” o “natural” se alimenta en parte del concepto cultural del determinismo biológico que conduce, naturalmente, a la maternidad. No obstante, también se basa en gran medida en la lógica cultural heteronormativa que suele condicionar nuestras decisiones y actos. Dicha lógica establece que existe un plan de vida singular de progreso fundamental, es decir, un recorrido natural y tangible en el mapa, con hitos por los que toda persona debe pasar en el transcurso del tiempo: desde la escuela hasta el trabajo, el matrimonio o la convivencia en pareja y la paternidad o maternidad. Este relato canónico de una evolución natural y normal detalla específicamente lo que es el curso de la vida “correcto” y las acciones necesarias para enfrentar cada una de las fases en el momento “apropiado” al ritmo “adecuado” a lo largo de la ruta “indicada”.

Se sigue manteniendo obstinadamente una división de tareas según el género que tiende a darse por sentado y que establece una correlación entre la biología de una mujer, que le permite dar a luz, y la maternidad. Dicho de otro modo, esta descripción de la “naturaleza femenina” –empleada para obligar a la mujer a ser madre- se utiliza asimismo para aprobar la idea de que las mujeres están dotadas de un instinto maternal y de una especie de caja de herramientas innata que induce a las mujeres más que a los hombres a criar a sus hijos, sean biológicos o adoptados, y a cuidar de ellos. En las sociedades occidentales actuales, el modelo accesible y arraigado en el imaginario público presenta el cuidado de los hijos como algo prácticamente exclusivo de la madre. Ese modelo imperante manifiesta que la maternidad debería centrarse por completo en los hijos, cuya crianza exige mucho tiempo y una gran implicación a nivel emocional y cognitivo; por su parte, la madre se presenta como una figura abnegada por naturaleza, con una necesidad constante de mejora y una paciencia y entrega infinitas al cuidado de los demás de una manera que casi precisa de ella que olvide que tiene su propia personalidad y sus necesidades.

El exigente modelo actual espera del cuerpo de las mujeres –durante el embarazo, en el momento inmediatamente posterior al parto y años después- que responda a los mismos patrones heteronormativos que el mito de la belleza y la sexualidad impone a las mujeres en general. Su cuerpo no se libera, ni por un momento siquiera, del afán por la belleza y la conservación ni de la obligación de mostrar la clase de disponibilidad sexual que quizás se halle en las antípodas de sus propias experiencias como sujetos sexuales.

Aunque no hay una única emoción que los hijos inspiren en las madres –si bien los sentimientos de una madre pueden variar en el transcurso de un día y sin duda a lo largo de períodos más largos- se espera que todas las madres sientan sistemáticamente lo mismo si desean ser vistas como “buenas madres”. Se exige que la “buena madre” quiera a todos y cada uno de sus hijos sin objeción ni condición alguna, que represente la gracia de las vírgenes y que, si su camino no se ve cubierto de rosas, se disponga a gozar del sufrimiento que dicte sus situación, siendo como son los tormentos algo necesario e inevitable en el transcurso de la vida de las madres.

Para ser considerada “una buena madre” habría que representar “el dictado de cómo debería sentirse y actuar desde el punto de vista emocional una madre”, como si hubiera un patrón original que se espera –incluyéndose una misma- que toda madre imite. Resulta que ser madre y ejercer como tal no basta: la maternidad “correcta” ha de ser exhibida además de ejercerse. Cuando las madres no obran de acuerdo con los patrones morales prescritos –ya sea de forma voluntaria o involuntaria, bajo el peso de las circunstancias de su vida-, enseguida pueden verse tildadas, por otras o por ellas mismas, de madres malas y dañinas, proscritos con problemas morales y emocionales. Las madres podrían ser tachadas de “negligentes” cuando reanudan su trabajo remunerado “demasiado pronto” o “demasiado tarde” después del parto, o nunca, cuando no dan el pecho o lo dan “durante demasiado tiempo” o “demasiado en público”, cuando recurren a la enseñanza en el hogar para sus hijos en lugar de escolarizarlos o cuando se ven obligadas a hacer largas jornadas laborales fuera de casa, y por tanto son acusadas de abandono.

La maternidad sigue plasmándose en el imaginario colectivo como un lugar donde se brindan cuidados con cariño y ternura, exento de conflictos interpersonales.

El arrepentimiento es una postura emocional que podría verse acompañada de una agitación y un sufrimiento enormes. Para las mujeres que lamentan haber sido madres, puede ser insoportable pues no solo tienen que lidiar con su continua aflicción sino que carecen de prácticamente toda posibilidad de hablar con otras sobre lo que sienten, ya que se supone que el arrepentimiento debe estar muy alejado de la maternidad.

Mientras que las madres estadounidenses del libro de Naomi Wolf, que acababan de tener a su primer hijo, sentían una muerte simbólica en el fondo de su dicha, para las mujeres que han participado de este estudio la destrucción es la esencia de la maternidad. Incluso tras haber tenido dos o tres hijos, e incluso años después, lamentaban no solo lo perdido sino también, en la mayoría de los casos, la ausencia de significado y finalidad de la pérdida. Para ellas esta pérdida carente de sentido constituye uno de los ejes principales de su arrepentimiento, por mucho amor que sientan.

No siempre ha sido exactamente así, pero en la era actual se espera que sean las madres las que quieran a sus hijos de cierta manera para ser consideradas criadoras respetables y seres humanos morales. Mientras que está claro que el amor de los padres (hombres) es bien acogido y apreciado, en general suele valorarse como una ventaja añadida a su característica primordial, la de sostén económico de la familia. Esta división emocional según el género suele presionar sobremanera a las madres. Dejando a un lado el amor en sí, se espera de las madres que lo expresen y recalquen, que externalicen cuánto quieren a sus hijos. No sólo porque vivan en una sociedad que exige oír eso, sino porque lamentar la maternidad se considera una violación flagrante de las normas afectivas maternales, y por lo tanto hay que asegurar a quienes las rodean que no todo está “dañado” en su mundo emocional.

Este cambio en la percepción social del amor maternal – surgido en paralelo a la nueva sensibilidad del amor romántico (que lo convirtió en un artefacto femenino) – condujo a una noción inédita del amor. De ser una experiencia desorganizada que no puede explicarse literalmente se pasó a una estructura, es decir, a una manera de organizar de manera sistemática las emociones. De este modo, la estructura del “amor maternal” no solo se vería moldeada por fuerzas sociales, políticas y económicas, sino que además serviría a dichas fuerzas para sustentarse y de paso enderezar a las mujeres. Así, según numerosos investigadores, el uso de la idea del amor maternal se ha convertido en una forma de opresión, ya que establece requisitos específicos que fraguan el mundo emocional de las madres y su relación con los hijos: las madres deben sentir un amor incondicional hacia sus hijos, un amor que no sea demasiado inclusivo, aunque sí lo bastante diferenciado, y demostrar dicho amor de un modo encomiable como parte de un despliegue de sentimientos que define la naturaleza de la “maternidad buena y moral”. Por el contrario, fracasar en la expresión de amor hacia los hijos puede servir como prueba de la inmoralidad de la madre, de su falta de feminidad, de sus deficiencias y sobre todo de su ineptitud, como si dicho amor fuera exclusivamente innato, nada más que un instinto biológico.  El arrepentimiento se vincula a la falta de amor maternal, como si ambos fueran sentimientos parasitarios, que solamente pueden vivir a expensas uno de otro, sin ser posible de ninguna manera la coexistencia de arrepentimiento y amor de madre. O hay amor, y por tanto no hay arrepentimiento, o hay arrepentimiento y por tanto no hay amor. Podría ser el carácter sagrado de la maternidad lo que impide tener en cuenta que una madre puede amar y al mismo tiempo ser consciente de que dicho amor puede tener consecuencias inesperadas o incluso afectar por siempre su vida.

El sentimiento de obligación, responsabilidad y preocupación por los hijos no suele desaparecer, ni siquiera cuando esas tareas mecánicas pasan a mejor vida, ya que para muchas mujeres la condición de madres siempre está presente, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Parece que las mujeres, o un número indeterminado de ellas, no pueden dejar de tener en mente la maternidad ni por un momento, como si no tuviera límites temporales o una ubicación física. Así pues, tanto si crían a los hijos solas o en pareja como si los hijos residen con el padre, las madres no dejan de alimentarlos simbólicamente y cuidar de ellos en su consciencia, incluso años después de la primera infancia fisiológica. Esta experiencia de sentirse atadas es una de las muchas ramificaciones del modelo actual de maternidad exigente, según el cual lo conciencia de las madres debe forjarse con la maternidad, sea cual sea el contexto en el que se dé la relación con sus hijos, pues de lo contrario serán consideradas “malas madres”. Sin embargo, esta vinculación alude a una percepción más extensa del yo de las mujeres en el tiempo y el contexto de los demás. En términos generales, las mujeres son las que se implican más en el tiempo dedicado al cuidado de terceros, el cual no se corresponde con las horas del reloj, pues normalmente no tiene principio ni fin. Además, se entreteje con otras actividades, como si fuera algo que las mujeres llevan consigo, como el objeto de una preocupación permanente que les exige atención, paciencia y receptividad. De este modo, son las necesidades de aquellos que reciben los cuidados, más que el reloj, las que dictan cuándo y cómo tienen que suceder los acontecimientos. Se trata de un tiempo que no puede ser cuantificado ni calculado, porque en muchos casos se da en paralelo a otras actividades.

Si bien es posible que los hombres que se alejan de sus hijos se vean despreciados por la sociedad, no serán objeto de la violenta repulsa que podrían provocar las mujeres. El hecho de que los padres se aparten de sus hijos no preocupa mucho a la opinión pública y, de hecho, hay muchos más padres que madres que se van de casa tras una separación o divorcio. Cuando son las mujeres quienes residen fuera del hogar familiar, se ven señaladas y denunciadas y al mismo tiempo obligadas más de una vez a renunciar a su derecho de ser llamadas madres. Esta condena está basada en la percepción uniforme, mítica y ahistórica según la cual las mujeres tienen una capacidad innata para la crianza de la que los hombres carecen. Por consiguiente, mujeres, hombres, profesionales de la salud mental y agentes legales muy a menudo eximen a los padres de esta responsabilidad respondiendo con un silencio relativo a su marcha de casa, algo por lo que las madres son denunciadas a voz en grito.

Es difícil retirar las capas superficiales de lo establecido, arrancar a la maternidad su velo romántico cuando va acompañada de una ideología política y social.

Incluso en caso de que no exista el miedo a generar en los hijos un sentimiento de culpa por su carácter o comportamiento, sí se teme a veces que de un modo u otro los hijos puedan llegar a vagar por el mundo sintiéndose los causantes del sufrimiento y dolor de sus madres por haber nacido, que lleguen a pensar que les han estropeado la vida. Es una percepción compleja que a menudo con duce a otro miedo, el de destruir el propio vínculo con los hijos, tomados estos como seres humanos. Es un vínculo que para la madre puede resultar muy valioso, a diferencia de la noción de maternidad, que puede tener poco o nulo valor para ella.

Se espera que sean madres a tiempo completo y mujeres profesionales a la vez, que se ocupen de la familia y que cosechen éxitos en el terreno laboral. Madres de distintos grupos sociales necesitan o desean trabajar fuera de sus hogares pero, al mismo tiempo, deben navegar entre los conceptos dominantes de “mujer superprofesional” y “supermamá” mientras hacen malabarismos con los horarios y carambolean entre sus empleos remunerados, el trabajo sin remunerar que hacen en el hogar y la batalla emocional que libran para gestionar las dificultades que todo ello acarrea.

Concebir la maternidad como relación puede permitirnos entenderla como la conjunción entre dos individuos específicos que mantienen una relación dinámica, que cambia con frecuencia. Dicha concepción nos permite dejar a un lado los enfoques mecanicistas según los cuales se espera que todas las madres sientan lo mismo en su relación con sus hijos. Por tanto, podemos referirnos a la maternidad como parte de un espectro de experiencias humanas más que como un vínculo unilateral en el que las madres sean responsables de sus hijos e influyan en su vida sin que su maternidad les afecte. Visto de este modo, seríamos capaces de examinar el espectro de emociones que implica la maternidad: desde el amor profundo hasta la profunda ambivalencia. Y, sí, también el arrepentimiento.

 


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