La sal

Quiere que juegue con él, pero nunca tengo ganas. Rara vez dos personas quieren lo mismo al mismo tiempo. Antonio no es uno de esos chicos narcisistas, que creen que sus extremidades son las cuatro esquinas del planeta. Pero yo tampoco soy una mamá moderna. Cuando nació, sus berridos punzantes me tajaban la panza. Nadie me había preparado para el egoísmo salvaje de un bebé. Y aunque estaba fascinada con su olor y su piel, no fue fácil la entrega. Nunca me sometí a los pucheros para hablarle, pero sí inventé un lenguaje que lo rozaba lo menos posible. Así contuve la furia. Una amiga que trabajó en un hospital de Brasil me dijo que veían decenas de casos de bebés sacudidos. Madres desesperadas que zarandeaban a sus hijos para hacerlos callar. A veces por dos o tres segundos, no más. Pero incluso entonces la constelación de hemorragias que producían dentro de la cabecita de sus bebés era irreversible. Llegaban azules a la guardia. Antonio no había nacido y en ese momento no entendí de qué hablaba. Después sí, supe que el amor está tan cerca de la crueldad que hay que estar alerta para no saltar al otro lado. Convertirse en madre fue doloroso. Incluso ahora, varias veces al día me siento con la cabeza entre las manos. Me canso.

Si nos separáramos, Lucas debería quedarse con él. Es uno de esos padres que alzan y hacen girar a sus hijos en el aire con total naturalidad, les sacan caramelos de la oreja, comen con ellos baldes de pochoclos que les taponean las muelas. Antonio lo busca a Lucas cuando tiene pesadillas. Yo tengo el sueño liviano y lo escucho venir, pero me quedo quieta en la cama, me hago la dormida. Él entra al cuarto y pasa por al lado mío sin mirarme. Lucas se levanta, le comparte agua, lo lleva de vuelta a su cama. A veces no vuelve. Se queda dormido en el cuarto de Antonio, tirado en el piso como un soldadito de plomo, usando su ballena de peluche como almohada.

Fragmentos de La Sal de Adriana Riva


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