De cansancios incurables

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Ilustración Laora Laora

Cuando naciste, tu padre tenía dos trabajos y yo me sentía desesperada. Mi familia estaba lejos y no había nadie que pudiera ayudarme durante el día. Por las noches él se encargaba de acostarte, y casi siempre se quedaba dormido en tu cuarto antes que tú. Nadie me había explicado cómo ser mamá, tampoco me habían advertido del grado de cansancio y desamparo que una llega a sentir.

Al escucharla, recordé una escena de mi infancia en la que mi madre intentaba dormirnos leyéndonos una historia. Mi hermano y yo habíamos encendido nuestras respectivas lamparitas de noche y ella, conforme a su costumbre, se había sentado en medio de las dos camas. Se veía agotada. Aquella luz mortecina resaltaba sus ojeras, el tipo de cansancio que resulta de enfrentar problemas y reprimir emociones. A mis cinco años, verla así me produjo rabia. Aquella noche, sin ninguna compasión, le dije que me parecía tonta. Ella contestó sin dudarlo: «Tienes razón. Cuando los parí a ustedes se me fundieron las neuronas.» Nunca supe si bromeaba o lo había dicho en serio.

… un cansancio incurable —siguió diciendo ella en el comedor de aquella casa prestada—. Eso nadie te lo cuenta cuando se habla de maternidad. Es uno de esos secretos que aseguran la continuidad de la especie.

Fragmento del libro «La hija única» de Guadalupe Nettel


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