Si en vez de nombres…

Puede ser una imagen de una persona y flor
Ilustración The language of birth

– Va a ser niña. Aquí se ve muy claramente la forma de su vulva.

La cara de Alina se iluminó. Aunque nunca lo había dicho en voz alta, ambas sabíamos que lo había estado deseando.

– Se va a llamar Inés – me anunció. Y yo aprobé de inmediato ese nombre de poeta feminista.

Alina entró al baño para vestirse de nuevo mientras yo regresaba a la salita de espera.

«Será niña», pensé, mientras pasaban por mi mente los peligros que eso implica en un país como el nuestro.

Recorrí de arriba abajo a las dos parejas que esperaban sentadas en el sofá. Las señoras llevaban maquillaje y el pelo alaciado por la secadora, mientras que sus maridos usaban corbata. Todos descubrirían esa mañana el sexo de sus hijos. Saldrían de aquel consultorio con una respuesta pero también con una misión: comprarle a su progenie ropa azul o rosa, llenar su cuarto de objetos muy bien elegidos -un camión de bomberos, una casa de muñecas- y machacarles, durante toda la infancia, que deberían comportarse de cierta manera: no abrir demasiado las piernas, no llorar aunque los humillaran. Y el nombre, por supuesto. Nomen est omen, decían los antiguos. Cuántas expectativas, cuántas cosas implícitas en Inés, pero también en Manuel, en Elena y en Alejandro. Mientras observaba a esa gente, me pregunté cómo sería nuestro mundo si en vez de nombres así nos asignaran conjuntos de letras, imágenes como Nube sobre el Lago o Brasa en el Fuego, y nos dejaran a nosotros mismos decidir qué géneros elegir o inventarnos.

Fragmento del libro «La hija única» de Guadalupe Nettel


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