De pájaros y mujeres

Me gusta ver a los gorriones descansar sobre los cables de alta tensión frente a mi despacho en las afueras de Madrid. Se distribuyen sobre la línea negra equidistantes como las notas de un pentagrama en el cielo.

Hace poco me enteré por casualidad de que los pájaros se colocan así porque esa es su forma de estar juntos. Existe una distancia mínima intraespecie que no les permite estar más cerca de un individuo de lo que se aproximan sobre el cable, por eso guardan siempre distancias regulares de separación. A veces, cuando uno de ellos se harta de estar tan cerca del resto, sale volando. Eso es ser pájaro.

Yo no soy pájaro, soy una mujer. Y algunas tardes intento adivinar, justo antes de disolverme en el atasco que me llevará a casa, cuál es la distancia mínima que debería mantener respecto de otros individuos de mi especie. Algunos días, como hoy, me pregunto si existe para mí siquiera una distancia. Pero la verdad es que, desde que soy madre, las referencias han saltado por los aires. De hecho, todo ha saltado por los aires. Todo menos yo. Porque, a diferencia de los pájaros, yo no puedo volar.

💬 Fragmento de «La mejor madre del mundo» de Nuria Labari


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